Entrevista a Silvia Zega

Realiza nuestro test y descubre si es la carrera perfecta para tí.

¿En qué momento decidió que quería dedicarse al Derecho y qué la motivó a ello?

Fue muy gracioso, porque pareciera que no tuvo nada que ver con el Derecho mismo.
Cuando empecé a estudiar Derecho hacía aproximadamente 7 años que trabajaba en la justicia penal (desde 1990). Había empezado con mi título anterior de trabajadora social, en un juzgado, con un programa sobre cuestiones psicosociales de las personas sometidas a la justicia penal. Y hacía 3 años que me habían convocado a un nivel superior de decisión (una cámara de apelación) para replicar y coordinar ese programa.

La práctica me había llevado a acopiar un montón de conocimiento jurídico. Y siempre me había interesado el cruce entre lo jurídico y lo sociológico como fundante de aquello en lo que yo trabajaba. Ni se me ocurría estudiar Derecho, porque los conocimientos que necesité para diseñar y poner en marcha esa área los tenía desde la práctica, y además por sobre mi había una jefatura que la ejercía un abogado.

Ya a esas alturas sentía que había llegado a un techo en lo que podía hacer: el proyecto se hallaba plenamente institucionalizado, yo había hecho una maestría en mi especialidad  y no veía por donde encontrar la salida de mayor crecimiento.

Estaba en cama con neumonía, con un reposo de 1 mes, cuando en la radio escuché a alguien de la OMS comentar que las mujeres de aproximadamente 45 años (la edad que yo tenía entonces) tenían una expectativa de vida de 84 años. Pensé: “¡Dios Santo! No quiero estar los próximos 39 años esperando a los nietos y disfrutando del sueldo. ¡Voy a estudiar derecho!” .

Cuéntenos un poco sobre su carrera como abogada.

Tardé 8 años en concluir mi carrera: tenía hijos, un hogar que llevar adelante, un trabajo que me insumía mucho tiempo. Inicié la carrera en 1997 y di mi última materia en mayo de 2004.

Al principio, los primeros años, no me interesaba tener el título. Siempre decía: “no me interesa ser abogada, sino saber derecho”.
Promediando la carrera di por concluida la etapa de trabajadora social. Empecé a inclinar mi trabajo más hacia lo jurídico y esto me llevó a la necesidad del título. No es que cambiara mi trabajo, sino que le daba otra lectura, otra mirada.

Cuando me recibí hacía rato que trabajaba sólo desde lo jurídico y el título resultaba imprescindible para legitimar lo que decía y hacía. En ese cambio fue decisivo el estudio de los Derechos Humanos y la convicción de que ese era el punto de intersección entre lo jurídico y la realidad concreta de las personas, que siempre me había interesado.

El derecho me permitió hacer un salto cualitativo y ver que las cuestiones por las que yo peleaba desde un área dedicada a “lo social en lo penal” en realidad eran cuestiones jurídicas, no sociales: eran derechos.

Poco después de que me recibiera me ofrecieron la conducción del área en la que venía trabajando y pude darle una vuelta de tuerca al área que ahora tenía a cargo. Esto abrió espacios para los derechos de las personas, espacios que quedarían institucionalizados cuando yo me fuera.

La carrera de derecho me lo posibilitó en varios sentidos:

  • Me permitió ver todo lo que hacía desde otro ángulo, antes impensado.
  • Me permitió ver claramente por donde encuadrar las propuestas en el marco institucional, en el que el Derecho es hegemónico.
  • Me legitimó ante mis interlocutores abogados como un interlocutor no subordinado.

Algunas personas temen estudiar Derecho porque tienen la idea de que implica mucho más tiempo de estudio que otras carreras, y se necesita una memoria privilegiada, ¿Es esto así?

Es cierto que el estudio del derecho es largo, y en general se enseña con un énfasis fuerte en las materias codificadas (los códigos), lo que exige bastante memoria. Yo no la tengo, ni me interesan las materia codificadas, salvo Derecho Penal, y sin embargo me recibí y amo el Derecho.

Como en toda carrera universitaria, el 80% de lo estudiado a uno no le interesa y cree que no le servirá para nada. Pero al recibirse uno ve que todas esas partes, inútiles en su mayoría, integran un todo con sentido, y todo sirve.

¿Hay alternativas de ejercicio profesional más allá de dedicarse a la profesión libre? ¿Cuáles son y en qué campos?

Las personas respiramos Derecho como los peces en la pecera. El Derecho no es algo ajeno a nuestras vidas, propiedad de jueces y abogados. Estamos atravesados permanentemente por el Derecho porque somos sujetos de Derecho y eso nos marca en todas nuestras relaciones sociales, aunque, como sucede con la salud,  sólo nos demos cuenta cuando el Derecho nos falta o nos “duele”.

En todos los ámbitos en los que se desarrollan relaciones sociales se necesitan abogados: en la cooperativa formada por desempleados de la fábrica que cerró; en la vivienda compartida mancomunadamente por familias desalojadas; en la feria de artesanías de quienes han quedado sin empleo; en los ámbitos en los que se trabajan cuestiones de migración, cuestiones de asociación comunitaria, de salvaguarda del derecho de los niños a la educación, a la protección contra el abuso o el trabajo infantil, de género, de violencia, etc. Cuanto más peligra el derecho de las personas, más se necesitan abogados.

El rol del abogado no es sólo gestionar el Derecho, como el rol del médico no es sólo recetar. El rol del abogado es hacer visible que detrás de la mayor parte de los dolores humanos hay un derecho vulnerado o en riesgo, y ayudar a las personas a emponderarse de su derecho para poder cuanto menos pelear por su satisfacción.

Esto, en el ámbito privado, ajeno a la profesión tomada de modo liberal (el estudio de abogados, o el trabajo legal para empresas).

En el ámbito estatal se necesitan abogados en todas partes, para reconvertir al Estado en un verdadero servidor público, y para eso es necesario abogados que comprendan que la ley es un paraguas destinado a proteger nuestros derechos y el Estado es el vehículo de concreción de ello.

¿Qué satisfacciones puede brindar la profesión de abogado, tanto a nivel personal como profesional?

Cuando uno ve que personas que creían que no podían, que creían que no les correspondía algo empiezan a sentirse titulares de derechos, y aún cuando por las circunstancias no puedan concretar la satisfacción de su derecho, se reapropian de su dignidad, pese a su situación, a su raza, a su etnia, es una satisfacción enorme.
El Derecho es maravilloso porque las personas, todas, somos sujetos de derechos.

¿Qué características debe tener quien quiera desempeñarse y tener una carrera exitosa como abogado?

Depende a qué llamemos exitoso. Yo diría que quien quiera ejercer el Derecho hoy debe ineludiblemente tener una perspectiva de Derechos Humanos. Pero no se si eso le dará rédito económico. Es una perspectiva esencial para trabajar en el Estado y en cualquier ámbito en el que se diriman relaciones sociales interpersonales o comunitarias.

En algunos países de habla hispana el sistema judicial está muchas veces asociado a prácticas poco éticas, es posible ser exitoso en esta carrera sin comprometer nuestros principios morales?

Todos los sistemas están en todas partes asociados a prácticas poco éticas. Parece que los hispanoparlantes cargamos con una mancha que en realidad es compartida globalmente.

En cualquier ámbito hay prácticas poco éticas y éticas. Creo que es absolutamente posible crecer sin comprometer la ética, aunque posiblemente el esfuerzo sea mayor, ya que uno tendrá que justificar con su propia valía los ascensos que otros justifican con medios espurios.

¿Qué consejos le daría a un joven que está por comenzar sus estudios de Derecho?

Que no abandone, aunque por momentos nada de lo que estudie le interese, porque al final uno ve todo de un modo más conglobado.
Que lea y aprenda sobre Derechos Humanos: porque el ser sujetos de derechos fundamentales es la condición esencial de las personas con las que va a trabajar, en cualquier campo de desempeño.
Que no crea que el titulo le da la propiedad sobre el Derecho: sólo le da la facultad de ejercer algunas cuestiones en un campo que es de otros.
Que persista hasta tener el título, aunque dude, aunque se sienta desanimado, porque el título es sólo una herramienta, pero una herramienta necesaria que a uno lo legitima en su actuar.
Que poco antes de terminar pida actuar en algún consultorio jurídico gratuito, junto a un abogado, para aprender desde la práctica.
Que no se quede solo con su profesión, que busque otros en los que apoyarse, otros con los que pensar: las personas somos más ricas en el intercambio que solas.